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La crisis… pues oiga, según se mire

diciembre 14, 2010

Que actualmente padecemos una crisis económica de gran alcance está fuera de toda duda. Las noticias (malas casi todas) son constantes y los indicadores económicos, políticos, sociales, etc. no hacen sino refutar día a día que el modelo económico que ha estado “funcionando” hasta 2007 en Europa y parte del mundo “desarrollado” se encuentra colapsado.

Se antoja necesario (urgente incluso) llevar a cabo cambios que permitan salir de este pozo en el que estamos metidos. Casi todo el mundo podría coincidir en que el objetivo común es lograr un nivel de vida lo mejor posible para el mayor número de ciudadanos: servicios esenciales (educación, sanidad) al alcance de todos, libertad, empleo… Parece que si los objetivos generales son tan obvios, hallar un paquete mínimo de soluciones no debería ser tan difícil.

Sin embargo, la realidad dista mucho de ser así. No deja de asombrar el hecho de que un mismo fenómeno (la crisis económica) pueda ser percibido de forma tan distinta según quién lo mire. Tanto en sus causas como en sus consecuencias, dependiendo de cuál sea el enfoque desde el que se analice la caída de la economía, cada uno da su receta. Lo más alucinante es que todos los autores que defienden sus enfoques son esencialmente honestos; es decir, que todos creen haber dado en el clavo, y aseguran que llevando a cabo las reformas que proponen, se podría salir de esta situación. Lo paradójico es que las recetas que se sugieren son totalmente incompatibles unas y otras.

Sólo un par de ejemplos de dos reconocidos economistas españoles:

El profesor Vicençs Navarro, toda una eminencia internacional, un referente para miles de economistas del mundo. Su enfoque (ni siquiera es de izquierdas, sino más bien keynesiano) y su análisis de la actual crisis pone el acento en que es el esquema neoliberal y la polarización de las rentas la principal causa que nos ha llevado a la hecatombe. En su opinión, ha de destinarse mucha más inversión estatal para despegar. También sugiere un aumento notable de la parte de las rentas del trabajo en el PIB. En resumen y para tontos: reclama que debe haber más Estado y más protección social para salir de la crisis.

El profesor Jesús Huerta de Soto es un brillante e importante economista de la Escuela Austriaca. Según sus análisis, la crisis tiene su origen precisamente en la excesiva intervención estatal que sufre la economía. Tal como defiende en libros y artículos, los bancos centrales orquestaron la crisis planificando desde hace años la cantidad de crédito que se iba a inyectar en el sistema. Eso llevó a los empresarios y a particulares a realizar inversiones equivocadas de forma masiva, lo que inevitablemente acaba desembocando en una crisis como la que hoy sufrimos. Su receta para salir de aqui (y para no volver) es liberalizar todos los sectores económicos y dejarlos en manos del Mercado. En resumen y para tontos: reclama que debe haber menos Estado y más facilidades para que los empresarios lleven a cabo sus proyectos.

Sólo son, repito, dos ejemplos. Hay tantos enfoques (académicos, no lo olvidemos) como queramos buscar: el catastrofista de Santiago Niño Becerra, el empresarial de Luis Garicano, el pesimista de Roberto Centeno, el optimista y progubernamental de José Carlos Díez… ¿Cómo es posible que economistas académicos como ellos pueden presentar visiones tan antagónicas de un mismo fenómeno? Aplicar sus recetas sería imposible, pero no sólo eso: es que aplicar una de ellas supone ir en contra de las otras en la mayoría de los casos. Difícil papeleta para los gobernantes… ¿a quién creer?

O mucho se equivoca el que esto escribe o queda demostrado que en esto de la ciencia económica hay mucho de ideología (la que tanto Navarro como Huerta de Soto y los demás impregnan en sus estudios) y muy poco de ciencia.

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Propuesta a vuelapluma para reducir el paro y el déficit y reactivar el consumo y la actividad

mayo 5, 2010

Este es el primero de una serie indefinida (a priori) de artículos, soflamas y pensamientos sobre la economía y la antieconomía. Ideas sueltas, esbozos de un simple aprendiz de esta pseudociencia. La idea de este blog no es que nadie saque conclusiones de estos pensamientos/ex abruptos, sino que es un mero almacén de ideas, un diario personal y antieconomico, por así decirlo.

Puede parecer irreal e irrealizable, pero desde hace días ronda en mi cabeza una posible (o imposible) solución para el mercado laboral y la crisis económica españoles. ¿Qué pasaría si redujésemos de forma general la jornada laboral a cuatro días semanales en todas las empresas de más de 50 empleados? Esa medida debería conllevar, si la economía de mercado funciona con los automatismos que siempre se enorgullece en proclamar, una reducción del 20% en los salarios y un aumento del 20% de la ocupación. Mataríamos de esta forma varios pájaros de un tiro:

1) Lograríamos una devaluación interna efectiva sin tocar ni tipos de cambio ni el valor del euro, ni nada de nada. Una reducción general de los salarios nos haría automáticamente más competitivos para exportar y atraería la inversión del exterior.

2) Reduciríamos el desempleo de forma notable. Al descender la jornada laboral máxima, harían falta más trabajadores para realizar el mismo trabajo. ¿Implicaría eso mayores costes empresariales? En principio no, porque al aumentar la productividad por empleado, se compensaría un eventual incremento.

3) Incrementarían el consumo y la actividad. Cierto que una reducción de los salarios en principio mermaría la capacidad de consumo de toda la población, pero como en este caso sería general, conllevaría casi automáticamente una reducción de los precios, por lo que en un plazo medio (el tiempo que tarde en ajustarse oferta y demanda) la actividad se revitalizaría ya que en realidad habría más asalariados, es decir, más personas con capacidad de consumo, ahorro e inversión.

4) Reducir el tan temido déficit público. Si un 20% de la población se pasa del desempleo al empleo, supone un cambio total de los ingresos y gastos del Estado: Se pasa de tener unos 4 millones de percibidores de ayudas públicas a unos cuatro millones de contribuyentes. Se podrán hacer todas las puntualizaciones que se quieran a este tema, pero parece claro que cuanto mayor sea la ocupación, menor es el gasto de las administraciones.

Cualquier crítica, aportación o mejora a esta propuesta será tenida en cuenta y añadida, llegado el caso…